Los amantes pasajeros (Pedro Almodóvar, 2013)

Dentro de la filmografía de un director, existen obras menores que con el paso del tiempo se redescubren con tanto placer que acaban siendo reivindicadas, y obra residuales que se hunden sin misericordia, con toda justicia, en el olvido, como si le recordaran a él y a nosotros que jamás debió rodarlas o que su sola existencia debería servirle como un incómodo obstáculo a superar, como un error en el que no insistir, como una vía muerta a no atreverse a transitar jamás a menos que tenga la seguridad de saber cómo sortearla o cómo adentrarse en ella atreviéndose a dar un salto mortal sin red.

Desgraciadamente, “Los amantes pasajeros” no entra dentro de la primera categoría (como sí podría estarlo la incomprendida “Kika”, coctelera de géneros provocativa, descarada, políticamente incorrecta y muy necesaria para el desgraciado siglo XXI que sufrimos). Cuando Pedro Almodóvar anunció que, tras “La piel que habito”, iba a rodar a una comedia alocada, desprejuiciada, transgresora, un poco retrotrayéndose a la época de “Pepi, Luci, Bom” y “Laberinto de pasiones”, sus admiradores suponíamos que persistiría en la huida hacia delante que inició con “Carne trémula” (gozoso período de transición entre dos etapas el que inauguró, por cierto, con “Tacones lejanos” y concluyó en “La flor de mi secreto”)… pero no fue así. En lugar de apostar por una comedia, Almodóvar quiso simplemente hacerse el gracioso (sin gracia ni chispa), dirigir con tempo de melodrama (porque “Amantes pasajeros” no tiene pulso ni ritmo alguno de comedia) una concesión a los que no le quieren bien (quienes menos comprenden su cine, precisamente) y le pedían con insistencia su vuelta a una mal mitificada primera época y a la comedia (realmente, después de “Laberinto de pasiones”, ¿dónde está la comedia como género en su cine? Solo salpica levemente algunas situaciones o diálogos en las películas que le suceden: ni siquiera “Mujeres al borde de un ataque de nervios” lo es en esencia pues, bajo su epidermis de comedia de estructura clásica, se revela como un auténtico e implacable melodrama).

Tratándose de un director tan manierista, tan visual, deja descansar todo el peso de “Amantes” no en las diversas situaciones de la trama sino en unos diálogos forzados, que fluyen sin naturalidad alguna, previsibles, calculados, repetitivos, poco o nada ocurrentes, algo insólito en el cine de un Almodóvar que quiere ser transgresor… pero administrando la transgresión con los mismos ingredientes que hace más de treinta años, algo que no consigue con sus tres azafatos deslenguados con pluma, a los que parece recurrir durante hora y media -sin éxito- a modo de salvavidas, como si el trazo grueso de sus continuas referencias sexuales y del tratamiento desinhibido del consumo drogas (nada nuevo en su cine) bastasen para sustentar esta hipotética comedia. Y no solo no la sustentan sino que se constituyen en una de las causas de su fracaso: las bufonadas almodovarianamente estereotipadas de estos tres personajes se imponen de tal forma que convierten en simple excusa la presencia del resto de sus pasajeros. Así, mientras unos resultan esquemáticos (los pilotos bisexuales, la dominatrix, el actor rompecorazones venido a menos), otros están desaprovechados (el matón mexicano, el corrupto, la virgen con poderes parasicológicos) o no se sabe muy bien qué pintan en la película o qué ha querido hacer con ellos el director (la joven pareja recién casada). Resulta imposible no imaginar, fotograma tras fotograma, mientras se está viendo “Los amantes pasajeros”, qué partido habría sacado un Almodóvar en plena forma de las situaciones generadas por semejante fauna dentro de un avión en apuros que se dedica a dar vueltas por el cielo toledano mientras encuentra un aeropuerto donde realizar un aterrizaje de emergencia.

Solo dos instantes eminentemente visuales se imponen a los diálogos y nos devuelven al mejor Pedro: aquel en que tripulación y pasajeros se entregan de pronto al frenesí de la pasión mientras otros son meros espectadores o permanecen durmientes respecto a lo que allí acontece, y hacia el final, cuando escuchamos en off el aterrizaje forzoso y la cámara vaga por las estancias de un aeropuerto fantasma, vacío, inservible, una mole del derroche y la corrupción sin funcionalidad alguna.

Y ya que hablamos sobre ese aeropuerto sin aviones donde aterriza el avión perteneciente a esas “Aerolíneas Península”, el director consideró su comedia como una metáfora de la situación sociopolítica y económica española de los últimos tiempos, pero la negrura, el humor caústico y la capacidad de provocación de Almodóvar brillan por su ausencia en este sentido: las pocas y obvias pinceladas que practica al respecto se revelan insuficientes, superficiales y presas de una ausencia total de riesgo, casi amables, conformistas, resultando dramático en el contexto de una cinematografía que, como la nuestra, obvia la realidad del país y escapa miserablemente de ella.

¿Significa que, para un rendido admirador del director manchego como yo, esta visión personal de su película se une a la gratuidad de las destructivas y sanguinolentas críticas que recibió en su momento? Nada más lejos de mi intención. En este caso, habría deseado encontrarme con una adorable y ácida película menor, pero no con una obra en la que más allá del manierismo propio de su autor (muy rebajado en esta ocasión) y de un par de momentos, apenas puede rescatarse nada porque, a estas alturas de su carrera, nada descubre ni temática ni formalmente: lo único que sorprende es su nula capacidad de reacción ante un proyecto indefendible. Solo queda el consuelo de imaginar que su director debió encerrar en un avión sin posibilidad de aterrizaje a los espectadores y detractores que no le querían bien y clamaban, a modo de señuelo equivocado, su vuelta a un género que no le corresponde y que, de forma errática, utilizó en “Amantes” para llevar a cabo una aberración deforme e infame de los estereotipos creados a lo largo de los años en torno suyo.

Estas palabras, escritas con un enorme pesar, no se unen pues al coro de verdugos rabiosos que vertió litros y litros de bilis (no ya con esta obra en particular sino desde el mismo momento en que puso en circulación su opera prima) con el único objetivo de regodearse con delectación en el asesinato de su víctima. Nada más lejos de mi intención: aunque “Los amantes pasajeros” haya supuesto la única, grave, importante y justificable decepción que he experimentado en toda su carrera, mis palabras son las que escribiría desde la comprensión y el respeto un amante enamorado a la pareja que le ha dejado plantado en la puerta de un cine…

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