Trampa para Catalina (Pedro Lazaga, 1962)

“Trampa para Catalina” podría pasar como una inocua comedia española típica de finales de los cincuenta y principios de los sesenta que sirva para pasar el rato pero, pese a las apariencias o precisamente gracias a lo que aquéllas esconden, es mucho más que eso. El argumento de José Luis Colina y el guión del director, Pedro Lazaga, y de José María Palacio no deja de ser -sin pretenderlo, sin premeditarlo, sin precocinarlo a conciencia- un sorprendente puzle marciano cuyos elementos y giros encajan con precisión milimétrica, sin que chirríen ni pequen de irregularidades.

Comienza entrando de lleno en el terreno costumbrista (una chica humilde, enamorada de un transportista de pescado del que se aprovecha para robar generosas piezas, sueña con hacerse algún día con la pescadería que traspasan en su barrio) para ir saltando sucesivamente por la intriga (cuatro agentes que trabajan para la República tropical de Paramaná andan tras sus pasos ayudados por los amigos de Catalina con el propósito de que realice un trabajo a cambio de una importante cantidad de dinero), la aventura (por su parecido, deberá sustituir el día de la fiesta nacional en la embajada española a la hija del rey paraní, en paradero desconocido con un torero sin que el padre esté al tanto de ese dato, debiendo aprender en dos semanas protocolo, deportes y hábitos propios) y la fantasía política desde una óptica pueril pero divertidísima que genera una lectura muy curiosa e insólita hoy en día (las aguas andan revueltas en la absolutista República a causa de una combativa oposición revolucionaria). El conjunto da lugar a una suerte de crónica desenfadada sobre un suceso extraordinario, de alcance internacional, que irrumpe en las vidas anodinas y modestas de unas cuantas personas de un barrio madrileño, cuyos objetivos y aspiraciones vitales no escapan de su propio entorno, trastocándolas y repercutiendo en ellas como nunca podrían haber imaginado.

Desde la entrañable pintura de costumbres, la presencia arrolladora de una bellísima Concha Velasco encarnando a Catalina o los inenarrables e inofensivos agentes paraníes (encabezados por el inolvidable Manolo Gómez Bur y Antonio Ozores, vestidos como llamativos turistas adinerados, hablando un acento castizo que solo abandonan de forma inverosímil cuando se ponen en contacto con las autoridades del país imaginario, y ofreciendo -aunque también reclamando- dólares como si fueran caramelos), hasta la dirección de Pedro Lazaga, unas veces situada a medio camino entre la comedia popular española e italiana del momento y otras, a ráfagas, fugazmente instalada en territorios que llegan a colindar con la brusca libertad expresiva y viveza de la mismísima Nouvelle Vague, todo en esta obra es una deliciosa locura que ofrece momentos de altura, empezando por los mismos títulos de crédito que muestra un camión cargado de pescado recorriendo las calles desiertas de un Madrid en blanco y negro donde apenas ha amanecido o detalles maravillosos como los cambios que van teniendo lugar en el sencillo hogar de Catalina conforme el dinero va fluyendo (esa abuela que vemos al principio escuchando radionovelas y acaba enganchada delante del recién estrenado televisor pendiente de los informativos, de los partes meteorológicos de Mariano Medina y de las crónicas deportivas de Matías Prats, relacionados todos con la trama) hasta culminar en dos de los mejores instantes, realmente dislocados e inolvidables, que corresponden a la descriptiva lección de Geografía sobre Paramaná que canta Gómez Bur al ritmo latino local -el paranito– a la protagonista, y de nuevo, avanzando el metraje, la propia Concha Velasco, de forma frenética, haciéndole los coros los presentes, durante la visita nocturna a un club.

Pero tampoco sería justo pasar por alto algunos recursos que Lazaga -que dota de un ritmo ejemplar a su obra y consigue desplazar felizmente a un lugar marginal la trama sentimental- utiliza de forma muy hábil, como una modélica elipsis en la que Catalina acusa a su chico de ser un monstruo y sucede una emotiva celebración del poder del cinematógrafo, enlazando con un primer plano del Drácula de la Hammer que están viendo por tercera vez en un cine, desde cuya trastienda los agentes paraníes envían una inquietante nota a los dos amigos de la protagonista a través del acomodador, que consigue darles un buen susto coincidiendo con una tensa escena de terror, o un plano a ras del suelo en el que aparece sentada Catalina en medio de los dos, pasando inesperadamente un tren por delante cuyo ruido hurta al espectador la posibilidad de enterarse del plan que los visitantes quieren proponerle justo cuando se disponen a contárselo (auténtico procedimiento, aunque con finalidades más gamberras que siempre quedarían en suspenso, utilizará en varias ocasiones, once años después, Luis Buñuel en “El discreto encanto de la burguesía”).

Pedro Lazaga fue un director todoterreno que mantuvo una actividad frenética: si bien se dedicó, con mayor o menor fortuna, casi por completo a la comedia del desarrollismo, amable, optimista y picaresca, con clásicos como “Ana dice sí” (1958), “Los tramposos” (1959) o “Los económicamente débiles” (1960), y vivió una decadencia desde finales de los sesenta carcomida por la rutina donde incluso apenas demostraba oficio, se atrevió con todos los géneros y subgéneros, brillando especialmente su ciclo bélico sobre la Guerra Civil y la postguerra, conformado en la década de los cincuenta por “La patrulla” (1954), “El frente infinito” (1956), “Torrepartida” (1956) y “La fiel infantería” (1959). La frescura de su “Trampa para Catalina” permanece intacta, resultando uno de sus últimos logros artísticos (más allá del posterior, arrollador y cansino éxito comercial de las comedias ultraconservadoras con Paco Martínez Soria). Y si resulta dramático que constituya otra muestra más de las que engrosan el considerable catálogo de títulos del cine español que duermen el sueño de los justos (fue adorada por el denominado sector marciano de Film Ideal), no menos escalofriante es el hecho de que más de medio siglo después conserve las señas de identidad de un cine típico, autóctono, nacional, que se se ha desdibujado, deformado, despersonalizado y perdido casi por completo desde los últimos años del siglo XX en favor del dictado de los estándares comerciales y globalizados impuestos por los blockbusters hollywoodenses.

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